1 de junio de 2013

Ni sonata, ni soneto.

Subir por tu espalda desnuda
a recitarte,
al oído,
un verso de Cernuda
o componer unos propios,
sobre la marcha y el tiempo.

Deslizar los dedos por tu pelo
y un escalofrío
bajo la manta en pleno junio.

Dejar que tus dedos me toquen
buscándome las seis cuerdas
o qué sé yo.

Que vengas aquí y duermas
a mi lado otra noche, amor. 

30 de mayo de 2013

#3005

No es un buen momento.
Y menos con esta primavera loca.
Somos tres, nosotros y tus circunstancias. Como siempre. Pero hay algo más. Está este peso en mi estómago. El que a veces confundo con el hambre, pero que es un malestar que sé que se alargará en el tiempo casi un mes más. Y no me deja vivir. Me hace llorar a cada momento. Me hace llorar cuando te escribo para sincerarme contigo y al segundo me siento imbécil.
Y aún así, todo merece la pena. Por nosotros y tus circunstancias. Pero qué bien estaríamos sin ellas. Pero que poco nosotros seríamos sin ellas.

Cuanta confusión.
Que peso en las entrañas.
Que nudo en el estómago.
Que fácil tienen las lágrimas el camino estos días.
Que poco me importan los hombres que murieron en la guerra.
Incluso después.
Incluso los que no están muertos.
Que poco importa todo cuando no estás a mi lado.

24 de abril de 2013

#2404

No podía dejar de pensar en ello.
Llevaba todo el día sintiendo su aliento caliente en la oreja, de esa misma mañana cuando se le había acercado a susurrarle cualquier cosa indiscreta al oído.
Indiscreta porque hay cosas que por correctas que sean no se pueden decir en voz alta cuando se cotillea en un transporte pública.
Indiscreta porque ese aliento cálido, húmedo y pesado le había despertado todas las hormonas. Y ahora las hijas de puta no se querían volver a dormir.

La siesta es de cobardes. 

20 de abril de 2013

No es fácil. De hecho, puede que sea la cosa más difícil del mundo lo de quererte.
Los momentos que estamos juntos son tan cortos y tu ausencia tan larga que era imposible que fuera fácil.
Y que me recuerden lo horrible de la situación no hace que las cosas mejoren.

Rezo para que los planetas se alineen y sople el viento de levante y una mariposa bata sus alas en Tokio y así podamos vernos. Pero muchas veces lo difícil pasa a imposible. Entonces ya no sé a que atenerme.

No, no es fácil. Ni divertido. Es lo que hay.
Y sin embargo, te quiero. 

9 de abril de 2013

Insomnio para dos

Es de noche.
25, 6 km nos separan.
Demasiados.
25, 6 mm también serían demasiados.

Los últimos días hacía frío en la calle,
pero ahora, en mi cama,
hay calor para dos.

Te imagino. Nos imagino.
Maldita fantasía.
Y estás lejos y no te toco,
y hasta te duele la imaginación.

Mi cuello huérfano de besos
y tus lóbulos en el orfanato de mordiscos.
Mis manos no tienen tacto extraño que tocar.
Mi lengua aguarda 
tras la hilera de dientes que no muerden.
Y tú, lejos, en tu cama, igual.

Nos separan los kilómetros,
la noche, los libros,
la música y el aguardar.

Y casi puedo sentirte cerca
si cierro los ojos.
¡Pero qué malo es imaginar!

1 de abril de 2013

Definitivamente, el amor es una debilidad.
Antes era la reina de las nieves. Y apareció él. Y ahora se me hace un nudo en la garganta al explicar el significado del Adagio del Concierto de Aranjuez.
Con lo que yo he sido.
Amar nos hace débiles. Estamos pendientes del bienestar de alguien que está a kilómetros de nosotros casi la mayoría del tiempo (O al menos así es en mi caso) Dependemos de esa persona. De que a lo largo del día nos dirija una palabra más o menos cariñosa. Y con conformamos con eso cuando lo único que queremos es poseerla por completo. Porque el amor también es egoísmo. Y a veces se nos olvida que el otro tiene sus circunstancias.
(Ortega lo sabía bien)

Pero queremos. A pesar de las circunstancias. Incluso queremos a las circunstancias, porque hacen especial a la otra persona.
Cuando se quiere de verdad, pienso, no se desea cambiar al otro, porque nos enamoramos de los defectos también, que son parte de un pack indivisible, como los yogures.

El amor nos hace débiles, pero oye, qué bien sienta la debilidad.

8 de marzo de 2013

Te voy a ir a buscar. No sé a dónde. No sé cuándo. Pero acabaré por irte a buscar.
Sin pretensiones. O con todas. 
Y cuando te vuelva a buscar, completando otro ciclo más, más te vale estar preparado. 

Te voy a ir a buscar y tienes que haberle quitado horas a Morfeo, o haberte comprado un giratiempo. Tienes que tener tiempo cuando te vaya a buscar, porque yo te daría el mío, para que lo inviertas en mí, pero eso no puede ser. Esa regla no la he puesto yo. Tienes que tenerlo porque yo ya no tengo bonobús para otro viaje más.

Llámame y voy a buscarte. O no me llames y lo dejamos todo tal cual está.

6 de marzo de 2013

La literatura nos hace creer cosas.
Creemos que si a ese personaje de libro le ha pasado, nos puede pasar a nosotros. Su historia era un imposible y salió bien y, total, yo tengo el viento de cara, ¿qué me iba a salir mal a mí?

La literatura alimenta las esperanzas.
(PECTORILE>pectrile>petrile>petril>pretil: Simplificación feeding metátesis)
Nos consume esa esperanza en un "pero y si.." casi imposible. Incluso anteponemos ese "casi" al imposible, porque nos matan las esperanzas. "Mientras hay vida..." te come la ilusión.

Y ahí, ilusos, crédulos, esperanzados, nos paramos, con el tiempo, que vive acojonado de que le culpemos de las esperanzas que nos crea la literatura. El tiempo, que sabe que va a estar a nuestro cargo, lamiéndonos las heridas, espera con nosotros.
Y la literatura sigue. Creando mitos y esperanzas nuevas, detrás de cada musa, de cada escritor o humano capaz de sostener un bolígrafo y garabatear algo.

Menuda hija de puta la literatura.


4 de marzo de 2013

Veinte horas andando por París

4 a.m.
Lo último que recuerdo es el brindis de la Traviata. Eso fue hace horas. No tantas, en realidad.
En la puerta está Violeta con su Buenos días y su nos vamos a París en la boca.
La pregunto que si en París hay gorilas por las calles. Lo he soñado. Lo debería estar soñando ahora mismo. Aún es demasiado pronto. O tarde, según se mire.
Desayunamos entre bostezo y bostezo rezando para que Dorian llegue pronto y para no dejarnos nada que vayamos a necesitar aquí, en Madrid.
Último repaso a la maleta.

Es de noche y hace frío. Dorian, Violeta y yo vamos sentados en la parte de atrás del coche. Hablamos poco porque aún tenemos sueño. Es demasiado pronto. No hay sol.
Y subimos al avión. Ahora es Violeta quien tiene mi Traviata. Se duerme. Dorian y yo no nos dejamos dormir. Me cambia el sitio para que vea el mar desde la ventanilla del avión. Me da miedo mirar por la ventana mientras aterrizamos en medio del verde francés. Aún a kilómetros de París.

El autobús nos saca de ese pequeño pueblo de la campiña francesa en medio de París. Viajamos separados.

La maletas se arrastran por las calles de París, por el metro. Por Montmartre por fin. Y dejamos de arrastrarnos con ellas.
Hay flores, con el frío que hace.
Las palomas parecen distintas. El cielo parece distinto. Parece que hace demasiado que hemos dejado nuestro Madrid. Son las 9 de la mañana y el día no ha hecho más que empezar. No podemos creernos que estemos al lado del Sena. Bajo la sombra de Notre Dame. No puede ser real.

Caminamos al lado del río. Caminamos sobre los puentes del río. Caminamos por los patios del Louvre. Caminamos por las Tullerias. Por las amplias avenidas. Frente a los escaparates más caros de la ciudad. Dentro de las iglesias. Caminamos por tiendas para reponer líquidos. Andamos demasiado.
Una fina lluvia va dejando marquitas diminutas en la piel de nuestros zapatos.
En la ópera sólo suena el sonido de los coches. Y nuestras canciones estúpidas. Las que llevamos cantando todo el día.
Volvemos a Montmartre. Nos reímos de la Bohemia. Fumamos frente al Sacre Coeur. Seguimos cantando. Y caminando.
En el Moulin Rouge ya no hay cortesanas tuberculosas. Y el Arco del Triunfo ya no admite visitas.

Seguimos cantando. Canciones viejas. Canciones nuestras.

La torre Eiffel nos ilumina la cara. Actuamos, el guión de siempre. Actuamos bajo la torre Eiffel.
Pero el cansancio duele. Ya no caminamos, no andamos, nos arrastramos.
El metro va más lento de lo que nos gustaría.

Me encaramo a mi litera. Las sábanas me abrazan muy fuerte. Quizá no tenía que haberlas remetido tanto. Seguro que esta noche no me destaparé.

Miramos el reloj.

0:00 a.m.

Veinte horas andando por París.

3 de marzo de 2013

Cuando volvía siempre era doloroso.
Lo desordenaba todo cuando su imagen aparecía sobre la retina de ella. A veces, por casualidad. En una foto antigua, de otros tiempos.
Su vista se nublaba y tenía que apartar la mirada.
Pero verle, tangible, real, delante de sus ojos, la trastocaba.
Perdía el control. Su cuerpo se colapsaba, era incapaz de obedecer órdenes simples. Los huesos se volvían de goma, era incapaz de sostenerse sobre las piernas. Ya no respondían.

Sí, lo sé. Todo aquello sonaba a literatura barata. Ella lo había leído. Pero ahora lo sentía. Era verdad. Como toda la maldita literatura. Siempre arruinándole la vida.

Y ya en soledad, apartada de miradas ajenas, pensaba y lloraba. Una vez más. Posiblemente, no la última. Nunca era la última. Siempre había más. Más dolor, más manojo de nervios, más lágrimas, más.

Y menos, cada vez, un poco menos.

24 de febrero de 2013

Novela número 8

He empezado a escribir otra novela. Es otra novela de relaciones complicadas, porque no sé escribir de otra cosa.
Sólo sé escribir de lo que he vivido. De la soledad después de un abandono tácito.

La Pardo Bazán odiaba que por ser mujer se la tuviera que identificar con personajes femeninos que no la representaban. Yo odio que cada personaje femenino tenga más de lo que yo quisiera de mí. No sé poner distancia. En nada.

He empezado a escribir otra novela, que espero que no vaya al cajón de las novelas olvidadas como todas las demás. Ya deben ser 6 o 7 allí. Suficientes en todo caso.

He empezado a escribir otra novela más y tú no estás aquí para que te la lea a media voz muerta de vergüenza. 

23 de febrero de 2013

#2302

La cinta de Moebius sigue bajo mis pies.
Yo, que pensé que había escapado.

Puto eterno retorno, siempre igual.
Suena música alemana,
otra vez.
Otra vez, otra vez.

De la cinta de Moebius no se puede escapar.
Se puede saltar, de una a otra.
De una obsesión a otra,
aprovechando la colisión.

De esta cinta de Moebius no sé si quiero escapar. 

27 de diciembre de 2012

#2712

Eres una lucecita, aún encendida.
Y yo quería soplar y apagar.
Eres un cosquilleo, casi un picorcillo en la espalda.
Y yo quería rascar y aplacar.
Eres un latir aún rápido sin razón aparente.
Y yo quería tranquilidad.

¿Acaso no te pedí que acabaras con todo? ¿Que lo mataras, enterraras y me ocultaras?
Y ahí sigue. A la vista. Todo igual. Pero todo mal, porque es distinto.
Y todas las canciones francesas hablan de ti.
Y todas las novelas llevan tu verbo que me asalta a traición.
Y todos los días el cerebro se distrae y piensa un poco en ti. Qué traidor.

La relación intenta ser normal. Joder, qué locura ¡Normal! Si nunca hemos sido normales...
Pero es lo que hay. Y mientras todo siga así, no hay más.
Que quizás bajes de la torre y me vengas a buscar.
Que quizás la piedra se reblandezca.
Que quizás vuelvas a latir. Incluso por otra. Qué más da.
Que quizás nuestro momento no exista.
Que quizás no haya existido jamás.
Que quizás todo sea en vano y no llegues a cicatrizar.
Que quizás vuelvas y lo encuentres todo igual.
Que quizás te vayas muy lejos y no haya vuelta atrás.
Que quizás un día no haya más cadenas.
Que quizás un día ya no haya un ojalá.
Que quizás cualquier día aparece alguien más.
Que quizás no haya quizás nunca jamás.

18 de diciembre de 2012

El tiempo no se mueve

Sí, está llegando el invierno.
Sí, han pasado meses.
Sí, el año está a punto de acabar.
Sí. Claro que sí.

¿Y qué?

Todo sigue igual. El reloj se paró una tarde. De vez en cuando se despierta. Agita el mundo cuando todo empieza a posarse, cuando las cosas empiezan a encontrar su sitio.
Y vuelta a empezar.
El desorden. Los terremotos. Las lágrimas. Todo de vuelta.
Y ahora ya viven aquí. A veces, ni hacen ruido. Otras veces saltan, gritan y crean caos.
Y nada se normaliza a pesar de los intentos.
Y si...
Sí, el "y si..." es el mal de este mundo. Y la cobardía y el miedo y todo sigue igual.
El tiempo no se mueve. No puede, porque está cagado de miedo.

17 de septiembre de 2012

Producciones El deseo S.A. presenta:

En aquello época, todo se reducía al deseo. 
Deseo de que todo volviera a la normalidad. Deseo de cambio, quizá. 
Deseo reducido a lo más primario, pero también llevado al extremo más espiritual. 
Deseo de piel, de boca, de saliva. De tacto recorriendo piel, acariciando bocas, siguiendo un rastro húmedo de saliva.
Pero también deseo de tiempo dedicado a brazos y abrazos. Y suavidad delicada. De compañía silenciosa. De silencios largos llenos de palabras agolpadas en la garganta aguardando su momento. De palabras que querían salir libres, sin miedo, en el mismo momento en el que el cerebro tuviera el antojo de componerlas, con esa gramática y esa sintaxis innata de la que hablaban los lingüistas reputados. O quizá no procedieran del cerebro, por ser algo más natural, más espontáneo, más sentimental y, por lo tanto, procedente del pecho (Subir siempre cuesta más que bajar, por eso esas palabras era siempre más difíciles de pronunciar)

Y este deseo, con todas esas variables posibles apareciendo simultáneamente, iba a donde quisiera que yo quisiera ir. Cargado a la espalda. Con un peso en ocasiones pesado, hasta el punto que el mismo deseo agotaba el cuerpo y lo arrastraba a un estado de casi duermevela que era insostenible para mantenerse como un ser humano normal o decente, y otras veces tan ligero que apenas se notaba, si no era por las cosquillas que hacía en la nuca cuando soplaba el aire en los recuerdos, que siempre tienen una temperatura fría, porque están lejos, quizá; porque dan miedo y se desdibujan, como todos los recuerdos.

Pero el deseo se hacía especialmente fuerte cuando se concentraba unido a dos frases, que de vez en cuando se escuchaban, huecas como con eco o reverberación dentro de la cabeza, justo entre las cejas, donde aparecían las arrugas más profundas cuando llegaba la madurez, y parecía que iban a salir, como en un pequeño rollo de papel, localizando el punto exacto de su salida en la frente con un dolor que se alojaba allí desde el mismo momento que surgía alguna de las dos frases y que desaparecía, con suerte, en cuanto lograba cerrar los ojos y descansar las ocho horas estipuladas tácitamente entre cerebro y cuerpo.
Aquellas dos frases eran "Todo va a salir bien" y "Va a volver". Con sus variantes, ambas respondían, en realidad, a una misma realidad que había roto la rutina un martes, sin más, después de una ducha (Ya se sabe que en las duchas de agua caliente siempre se han desarrollado las ideas que cambian la vida para bien o para mal) Y el deseo era más esperanza que otra cosa. Y ambas frases, pero sobre todo la primera, por ser, en realidad, más importante, se repetían como un mantra un día tras otro.
Digo que la primera es más importante por el simple hecho de que no necesitaba la segunda para realizarse, que era un mero adorno a la realidad para completarla y mejorarla. Pero la segunda, sin esa primera afirmación, no era nada. Era el vacío, del que huía con autentico pavor. El vacío no servía. De nada.
Y a fuerza de repetir día tras día lo mismo, se hizo realidad, o convencí, por pesada, al destino. Y las cosas empezaron a ir bien y a compartir espacio con el deseo. Ganándole el terreno, poco a poco, sin prisa, pero sin pausa. Y en algún momento, el deseo desaparecería, o cambiaría de forma, o sería satisfecho. Hasta entonces sólo había que beber, bailar, leer y esperar.